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Héctor Rosales  nace en Montevideo (Uruguay), 1958. Está radicado en Barcelona desde 1979. Ha publicado los títulos:

Visiones y agonías (Barcelona, 1979, 2a. ed., corregida y aumentada, New Jersey, 2000)

Espejos de la noche (Madrid, 1981)

Carpeta 1 (Barcelona, 1982)

Espectros (Gijón, 1983)

Desvuelo (1a. ed. Montevideo-Barcelona, 1984; 2a. ed. corregida y aumentada: Barcelona, 1997, 3a. ed. 1999)

Alrededor el asedio (Montevideo, tres eds: 1989/92/93, Primer Premio 1992 MEC, Uruguay).

Habitantes del grito incompleto (Montevideo, 1992)

Su obra también incluye pliegos y/o folletos como El manantial invertido (cuatro eds: Barcelona 1994/96, Santiago de Compostela, 1995), Desvuelo / Separata (Barcelona, 1997) y Cuatro poemas en portugués (versiones de Alberto Augusto Miranda, Barcelona, 1998).

 

Estancias de Diciembre

 

Yo había pasado por allí, estaba

la barandilla que tú aquel día viste

vendada de nieve, la hilera

de baldosas recogiendo apuntes del cauce

aplacado con arcos de piedra

y diciembre. Te diste cuenta,

sin prisas, detrás de algún cristal,

cómo el año se confinaba.

Entonces oirías cantos

anunciando fértiles praderas

que realizarían brotes ante ti,

de ti, hacia todo.

No hubo usura en esos labios,

tampoco inocencia. Sólo nombraban

la vida, la perpetua mudanza

en la cual serás, seremos

tutores de tan diversos o iguales

paisajes, de surcos intérpretes

de la propia canción.

 

 Barcelona, 12.1989

 


 

Porque las últimas noches pueden ser las primeras

mujeres ante los pórticos de la mañana.

Y cántaros con licuada simiente

hablar por ellas en las mesas

que han sostenido un cielo de robles,

y que aguardan.

Porque las primeras sombras del día

pueden ser hombres que tan últimos marcharon.

 

Cuando la reunión

es usual milagro inad-vertido.

 

Barcelona, 12.1992

 


 

EL 158

 

Subía la cuesta de la calle Burgues rengueando años

y gente que apretaba contra su alma perseverante.

El número de su nombre ya le servía de nombre, de numbre,

de apellido con decenas de manos aferradas a sus huesos,

de pila de nombres que se le movían por el adentro

chocando con recuerdos rodados en decenios de ojos pardos.

Supe quererle en secreto. Verle la vestimenta gris pueblo

combinando con las tardes de barrio mojado, remotos anhelos,

ejercicios escolares domiciliados bajo el cobre cansino

del invierno. Aprendí la palabra ómnibus y viajé de inmediato

por todo lo que después, sólo después, averigüé mío.

(Lo que fue, lo que sigue siendo primera memoria, pasillo

hacia el universo en aquellos juegos condensado).

 

Si ahora digo tu numbre entre estas otras esquinas,

si hago señas que no verás, mi viejo 158, si saludo

a tu familia (125, 144, 181...) con boletos

de cercanísima vigencia, siento y siento

de tus párpados laterales los rostros girados hacia mí

sin ser anónimos. Ellos suben el mismo sentimiento

dotados por aquella, ésta, tu constancia.

Y así no hay cuesta que resista nuestro paso

cuando los años son públicos y pasan, contigo,

por nosotros en el único trayecto.

 

Barcelona, 12.1993

 


 

Todos los puertos me aguardan en diciembre, como en aquel

primer Montevideo de abuelo y de la mano aprendiendo

lentísimas migraciones, cortas telas blancas

que habían sacudido adioses o cielos o la nave

del querer, imparable, única, redundante.

Hoy una gaviota se ha perdido en otras nubes

y creo haberle oído la mención de un paraje

a los dos extraño. El rumor de las grúas

clasificaba horas en hangares tapiados.

¿Telas blancas cubriendo lapsos, recados,

infortunios, cubriendo barriles nuncabiertos, losas

con dibujos de sal, llegadas intactas?

En otras nubes reaparece y se va la misma gaviota

que anota dicha en las rejas inválidas del porqué.

La gaviota puntual. Pañuelos limpiando

los vidrios del mediodía empañado,

la penitencia de las anclas, la resurrección

del azul. Pañuelos también

sus alas.

 Barcelona, 12.1994

 


 

Entonces rememorar lo que será. Y en el aquí

suceder a través del pálpito tendiente al Estarás.

Porque ahí el firmamento que nos puebla

hacia delante: Estarás. Quieto en sí

como un puente donde todo pasa, vibrante

abrazo que a la estancia edifica

con campanarios de sonriente, sonora caligrafía.

Encontrémonos en medio. Así. Entonces ciertos,

posados en lo interno y nuestro, madruguemos

cada lumbre, cada ida

que signifique mejorada permanencia.

Salzburgo, 1992

 


 

El azar es una pluma delgada que vive

fuera de las aves. Sus viajes obedecen

sonoridades de nubes que no suelen verse

en los paisajes. Una pluma delgada

delineando los contornos cotidianos

con pigmentos de distintas transparencias.

Sólo advertimos los temblores de su trazo

en esperas afiebradas, en leves soles subterráneos,

o en años que de nosotros emigraron.

Se han ido por completo las nubes

de esta tarde. Suena tu nombre relevándolas.

No hay otro techo ahora, y sí la convicción

de una serena permanencia internada en ese trazo.

A veces el azar anota nidos, naves

en las líquidas raíces de los días,

nada menos que nombres queridos,

soportes intactos, mapas del mañana ya presente,

ríos trayendo el aire inaplazable.

 

 Londres, 1997

 


 

 EL JUEGO

 

Contrariamente, no ha dejado de girar la ruleta.

Entre sus comisuras una cifra imbécil alza la vista, agita

un seco temor de números muertos, y sale al doce

aves, elíptico intento migratorio más allá

de la neutralidad de las cortinas, del hielo soberano

en el salón plomizo, sobre manos, apuestas, nervaduras.

Una operación a espaldas de la muchedumbre negra,

sumida en los tableros, en la planicie afelpada

y dividida por la más férrea geometría. La muchedumbre

roja, como la memoria de la ceniza que será esparcida

en océano de indiferencia y nulidades grises.

No ha dejado de girar ni la ruleta, ni esta noche

calcada de otro manto dueño del cielo advenedizo.

La cifra es parte del pájaro que reitera su ciclo

doce veces en cada una de las mejillas consabidas.

La suerte es un engaño quieto y lejanísimo,

o maquillaje de ocasión para el rostro hueco del día.

Y hay plumas en el pobre coeficiente donde atónito,

desbrujulado, dejaron relacionado nuestro sino.

Plumas sin ala propia, sólo en su sombra suspendidas.

La cifra que no veremos así lo explica.

Hagan juego, señoras y señores, espejismos;

ustedes que llegaron volando

con la propulsión de ganar y ganar. De ganar

a la postre un trozo de viento ajeno

para trabar el movimiento giratorio del abismo.

 

Barcelona, 7.1999

 


 © Héctor Rosales

textos publicados con autorización del autor

 


 

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